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18 de agosto de 2010

Luis Yáñez: "Lecciones del pasado" (sobre las primarias).

El tema de las primarias sigue dando mucho que hablar, sobre todo a raíz de que Tomás Gómez plantara cara a Zapatero en la Comunidad de Madrid. Entre todo lo que se ha venido escribiendo estos días, me ha gustado bastante el artículo Lecciones del pasado, de Luis Yáñez, publicado hoy por El País, donde defiende ya desde el primer párrafo la idea de que "las primarias más genuinas y auténticas de cuantas -no muchas- se han celebrado en España para elegir a un candidato a unas elecciones democráticas fueron, sin duda, las que enfrentaron a Joaquín Almunia y José Borrell en 1998". No cabe duda de que, en aquella ocasión, los militantes socialistas tuvieron la posibilidad (¡y bien que la aprovecharon!) de enmendarle la plana al mismísmo Felipe González, retirando su apoyo a quien el otrora Presidente del Gobierno y Secretario General del Partido eligiera a dedo como su sucesor, esto es, a Joaquín Almunia. Como bien nos recuerda Yáñez, la campaña de aquellas primarias dinamizó la vida del Partido, animó tanto a militantes como simpatizantes y, en buena medida, reportó una enorme ganancia de credibilidad a los socialistas. Sencillamente, era la primera vez que un partido político español se atrevía a elegir a su candidato a la Presidencia del Gobierno de forma tan transparente, abierta y democrática que hasta los propios militantes pudieron echar por tierra los planes del aparato orgánico e imponer a otro candidato que le parecía más adecuado a las circunstancias. La democracia en acción.

Claro que después pasó lo que pasó. El aparato supo recomponerse, hacerle el vacío a Borrell (el ganador de aquellas ilusionantes primarias) y hasta acabar con él antes de que tuviera siquiera oportunidad de hacer campaña para las generales del 2000. Ya sabemos lo que pasó. Se presentó Almunia y el PP obtuvo la mayoría absoluta. O, lo que es lo mismo, que el primer candidato elegido en unas primarias ni siquiera tuvo ocasión de probar suerte. Lo hizo, en su lugar, el candidato "natural", orgánico y del aparato y, por supuesto, los resultados fueron desastrosos. Sin embargo, apenas unos años después salió elegido como nuevo Secretario General del PSOE un desconocido que se llamaba José Luis Rodriguez Zapatero por el que no apostaba nadie del aparato porque, entre otras cosas, no se sabía ni de qué iba. "¿Pero cómo van a votar los ciudadanos por un candidato que ni siquiera conocen?", se decía. Pues bien, fue precisamente el candidato que, después de vencer en unas elecciones abiertas, transparentes y democráticas donde se presentaban otros tres candidatos a la Secretaría General, nos devolvería el Gobierno poco después.

En fin, que la evidencia está clara, y desde luego no apunta a que sea más fácil obtener buenos resultados electorales cuando los candidatos son elegidos a dedo. Y, sin embargo, continuamos oyendo la misma historia una y otra vez, no se sabe bien por qué. Yáñez nos lo explica en las conclusiones de su artículo:

A partir de entonces los aparatos del PSOE han visto a las primarias como algo rechazable (defienden esta tesis, sobre todo los que perdieron con Almunia). Muy al contrario, si se realizan bien, democráticamente, limpiamente, sin interferencias de aparatos y después se respetan los resultados y todos apoyan al ganador o ganadora, este o esta se convertirán en un competidor o competidora con muchas posibilidades de ganar a su oponente de la derecha.

Esa es la lección a extraer de las primarias que van a oponer a Tomás Gómez y Trinidad Jiménez por la candidatura socialista a la Comunidad de Madrid.

A lo que de verdad se tiene miedo no es a las primarias, sino a perder el control, a no poder decidir a dedo quién será el candidato y, algo mucho peor, a la posibilidad de que tarde o temprano los militantes también quieran decidir no sólo quién será el cabeza de lista, sino también quiénes ocuparán los demás puestos. Eso sí que es un órdago que se teme desde el aparato. Y es que es perfectamente posible ser de ideología socialista y tener una actitud conservadora. Lo uno no está reñido con lo otro.


7 de agosto de 2010

Va de primarias, candidatos y "divisiones internas".

Vaya numerito que nos estamos montando con esto de la candidatura a la Presidencia de la Comunidad Autónoma de Madrid. Que si Zapatero envía a Chaves como recadero para que se entreviste con Tomás Gómez y le convenza de que no se presente como candidato, que si uno y otro lo niegan, que si poco después se reconoce que sí hubo tal encuentro pero no se planteó la retirada de Gómez, que si después se reconoce que todo fue tal y como la prensa lo publicó inicialmente, que Zapatero prefiere a Trinidad Jiménez como candidata, que Tomás Gómez responde diciendo que el PSM le ha votado a él como candidato y en ese caso Trinidad se tendría que enfrentar a él en unas primarias, que si Juan Barranco hace unas declaraciones apoyando a Gómez, Elena Valenciano otras apoyando a Trinidad, Pedro Castro advierte del peligro de convocar unas primarias, que si Zapatero convoca a Tomás Gómez a hablar sobre el tema para después desconvoca la reunión para que no quede clara la diferencia de opiniones... en fin, un auténtico despropósito. Pero a mí, lo que más gracia me hace, es que todavía haya quien afirme sin pudor que no debemos convocar primarias porque "son divisivas" y "darían la impresión de que nos peleamos por los cargos". ¿Mande? ¿He entendido bien? ¿Habrá más división interna que la que estamos demostrando a diario en las portadas de los diarios?

Veamos. En primer lugar, la idea ésta de que la democracia "divide" debiera estar bastante trasnochada. El mero hecho de que el argumento vuelve a surgir entre nosotros ya nos puede dar a entender lo distorsionada que está nuestra democracia. No hay más que echarle un vistazo a cualquier libro de Historia o cualquier discurso político de los años treinta para ver aparecer la idea, una y otra vez de forma machacona, tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda. Parece que en otra cosa no se ponían de acuerdo, excepto en denigrar a las democracias liberales como "débiles" y "caóticas". Claro que después llegó la Segunda Guerra Mundial a poner las cosas en su sitio. De hecho, con el fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín, pensaba uno que habíamos puesto fin a aquellas desatinadas ideas de iluminados visionarios, pero al parecer no fue así. Volvemos a las andadas. Todavía quedan individuos que parecen estar convencidos de que el debate abierto, la transparencia en la toma de decisiones y, sobre todo, la democracia, son ideas que "debilitan" y "dividen". Yo, por mi parte, pienso que aún divide más tomar decisiones que afectan a todos los ciudadanos en petit comité y sin consultar a nadie más allá de la mesa camilla. Me perdonarán la arrogancia, pero creo que mi postura se ajusta más a la realidad. No hay más que ver cómo reacciona la gente de la calle a este tipo de noticias que aquí tratamos, por no hablar de lo que indican las encuestas respecto a la idea que tienen los ciudadanos de nuestros políticos.

Pero es que, por si todo esto fuera poco, los hechos no han hecho sino demostrar tozudamente (aunque Zapatero no quiera verlo) que elegir a dedo una vedette para que se presente de candidato en Madrid no conduce a ningún sitio. Ha pasado varias veces. Es más, le ha sucedido a él mismo, pero parece que no quiere aprender de errores pasados. No sé, seguramente será lo que algunos denominan el síndrome de la Moncloa. Los candidatos a dedo se ven como lo que son: personajes ajenos a todo que desembarcan en la capital para ver si logran darle un vuelco a los sondeos y acabar de paso con lustros de hegemonía de la derecha. Sin embargo, lo que ni Zapatero ni muchos otros parecen plantearse es la siguiente cuestión: desde el punto de vista de la izquierda, a la que se le supone cierto interés por transformar la sociedad, ¿de qué vale ganar una Alcaldía con un famosillo que acaba de desembarcar en una organización que ni siquiera conoce? ¿Qué equipo de trabajo es ése? ¿Qué proyecto de transformación? Se gana el poder, cierto, pero nada más. Lo cual, por desgracia, me da a entender que la prioridad es precisamente esa y nada más: alcanzar el poder. Los partidos políticos como meras maquinarias de poder. ¿En eso ha quedado el PSOE de Pablo Iglesias?

No sé, yo sigo estando convencido de que una implantación seria y consistente de las primarias a todo lo largo y ancho de la geografía española tendría el efecto de revitalizar nuestra democracia al tiempo que dinamizaría una vez más a la propia militancia socialista, marcando las distancias de forma clara entre una izquierda con procedimientos transparentes y democráticos y una derecha aferrada a las camarillas de poder. Pero mucho me temo que todavía tardaremos unos cuantos años en ver algo así. Seguramente habrá que esperar a la próxima etapa de hegemonía socialista.

7 de noviembre de 2008

Los socialistas franceses eligen entre seis candidaturas por sufragio universal directo y secreto.

Comparado con el numerito de nuestro Congreso Provincial aquí en Sevilla —no entremos siquiera a valorar el proceso de elección de los comités locales, con gestoras y suspensiones de militancia incluidas—, resulta refrescante leer cómo se las arreglan los compañeros socialistas franceses para presentar nada menos que seis candidaturas diferentes de cara a su próximo congreso, que se celebrará la semana que viene. Es más, la noticia publicada por La Vanguardia se cierra con los siguientes dos párrafos que casi hacen que se me caiga la baba:
De aquí al congreso se espera que se lleven a cabo negociaciones para formar eventuales alianzas entre esas cuatro facciones para hacerse con el control de la formación socialista, y designar al próximo primer secretario, un puesto para el que Royal había dicho hace unas semanas que no pensaba presentarse.

Los militantes serán de nuevo los que elijan en otra votación el día 20 al sucesor de Hollande, que lleva once años al frente de la formación, y del que no se excluye que se presente como candidato socialista a las próximas presidenciales francesas, que deben celebrarse en 2012.

Ciertamente, no es oro todo lo que reluce, pero menos da una piedra. ¡Ya quisiera yo algo así aquí en España! Conversaciones de pasillo, todas las que se quiera. Negociaciones en salas cerradas, lo mismo. Acuerdos entre las distintas corrientes, ídem de ídem. Ahora sí, que los candidatos hagan campaña, debatan y se ganen el voto de los militantes uno a uno donde hay que ganárselos, en las urnas.

Aquí, con nuestro pesismismo vital de siempre, no faltan los compañeros que me han saltado con aquello de: "claro, es que en Francia estamos en la oposición, así que no me extraña que hagamos esto para motivar a las bases". A lo cual no queda sino responder con una pregunta obvia: ¿y en la Comunidad de Madrid, la Comunidad Valenciana, Murcia o La Rioja cuándo fue la última vez que gobernamos y no nos aplicamos el cuento? En fin, que más vale ponerse las pilas y hacer un esfuerzo por democratizar el partido y abrir las ventanas para que se airee porque, de lo contrario, pintan bastos, sobre todo ahora que se le ven las orejas al lobo de la recesión.

6 de octubre de 2008

De ganadores, perdedores, la partitocracia dominante y la apatía ciudadana.

A nadie se le oculta que, desde que finalizara el Congreso Provincial del PSOE de Sevilla, las cosas no han ido nada bien en la capital andaluza. Como si se tratara de una guerra abierta, nadie se recata en hablar de "ganadores", "perdedores" y, por desgracia, hasta de "exigir responsabilidades" por el tremendo crimen de haber defendido opiniones distintas a las de la mayoría, responsabilidades que, como pueden imaginar, se extienden a perder el propio cargo, independientemente de cómo se haya estado ejerciendo durante los últimos años. Tenemos, así, en primer lugar, la destitución de Demetrio Pérez como Delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía en Sevilla independientemente, como venía diciendo, de su gestión al frente de dicho cargo. En otras palabras, que se le castiga no por no haber rendido lo suficiente o por haber cometido error alguno en su gestión como delegado —habitualmente, y esto ya es triste, eso no se considera motivo suficiente para la destitución de nadie, siempre y cuando se posicionen correctamente en lo que respecta a las luchas internas por el poder—, sino que se le castiga por el imperdonable pecado de haberse propuesto como candidato alternativo a la Secretaría General del PSOE sevillano. De la misma forma, hacer uso de su derecho democrático a la libertad de expresión y de voto le ha costado el cargo también a Matilde Marín en la Diputación Provincial. A lo mejor éstos intentan instaurar ahora una nueva práctica política desconocida en las democracias avanzadas: el destierro del perdedor. Si es así, propongo que se envíe al exilio inmediatamente a todo aquel desgraciado que se haya atrevido a presentarse como candidato y haya perdido (por ejemplo, Arenas; por ejemplo, Rajoy; o, por ejemplo, nuestro propio Felipe González, que perdió en su momento frente a Aznar y sus huestes). Nada de trabajo y nada de mentenerles en nuestra sociedad con una tolerancia que claramente no se merecen, pues no cuentan con el apoyo de la mayoría. ¡Al exilio con ellos!

Pero ahí no ha quedado la cosa. El despropósito hay ido mucho más allá. Además de eliminar a todo aquel que haya cometido el error de posicionarse donde buenamente ha creído conveniente -como se supone que debemos hacer todos en una democracia- también se ha lanzado una operación contra el PSOE de la capital y el Ayuntamiento para obligarles a que sigan a pies juntillas lo que se indique desde el Provincial. Parece que, una vez más, se está confundiendo ganar un congreso con un "ordeno y mando" que todos pensábamos había quedado ya enterrado y bien enterrado. A tal punto ha llegado el descontrol que hasta Chaves ha tenido que hacer unas declaraciones advirtiendo sobre los problemas que nos pueden acarrear tanta rencilla interna.

A ver si podemos entendernos. El Congreso Provincial lo ha ganado clarísimamente el llamado sector oficialista, liderado por José Antonio Viera. De eso no cabe la menor duda y no queda más remedio que aceptarlo democráticamente, se piense lo que se piense de la forma en que se ha ganado o, más importante aún, del hecho de que ni siquiera se dio la posibilidad a que hubiera una opción alternativa. Esto quiere decir que la política del Partido Socialista en lo que respecta a la provincia de Sevilla queda en manos del nuevo Comité Ejecutivo y su Comisión Ejecutiva Provincial. Ahora bien, quede claro que estamos hablando de la política socialista con respecto a la provincia, y no con respecto a todos y cada uno de sus pueblos y capitales. Que yo sepa, de la misma manera que hay un Congreso Provincial encargado de establecer las políticas a dicho nivel administrativo, así como de elegir los órganos representativos del partido en el marco de la provincia, también existen agrupaciones locales y municipales cuya función es elaborar las políticas y elegir los equipos a sus niveles respectivos. En otras palabras, el PSOE jamás ha aprobado documento alguno imponiendo el centralismo democrático de ominosa tradición comunista, que establece una clara jerarquía cuasi-militar en la que los órganos superiores marcan la pauta a seguir y los órganos inferiores (incluyendo a los militantes) se limitan a seguir las órdenes. Sencillamente, ése no es el Partido en que creemos los socialistas, aunque algunos parezcan conservar cierto tufillo marxistoide de su época de flirteos revolucionarios en la Joven Guardia Roja.

Se dice, se cuenta, se afirma sin rubor alguno tanto por los pasillos como por los medios de comunicación que el Provincial tiene el derecho a decidir quién pueda ser portavoz del Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Sevilla. No, mire usted, no. No sé si se habrá dado cuenta de lo que el nombre del cargo en sí indica, pero resulta que este portavoz no representa al PSOE de la provincia de Sevilla, sino al Grupo Municipal Socialista en el Ayuntamiento de Sevilla. ¿En qué lógica base usted la propuesta de que se le pueda nombrar a dedo desde la sede provincial sin que el propio Grupo Municipal Socialista ni todas y cada unas de las agrupaciones locales de la capital tengan nada que decir al respecto? ¿Acaso no representa ese portavoz a los votantes socialistas en la capital? ¿Cómo puede concebirse que ni los militantes del PSOE de la capital ni los votantes socialistas de la misma circunscripción tengan derecho a decidir al respecto, mientras que un militante del PSOE de Coria es quien se encarga de nombrarle a dedo? ¿En qué cabeza cabe esto? ¿Tenemos clara la diferencia entre partido e instituciones? ¿Sabemos distinguir representación orgánica de representación ciudadana? Al parecer no.

En todo caso, a mí lo que más me preocupa es que ni unos acepten el hecho de que la mayoría de militantes socialistas ha votado por Viera en el reciente Congreso Provincial ni tampoco los otros admitan que la mayoría de militantes socialistas de la capital hayan optado por otra línea. En fin, que la conciencia democrática brilla por su ausencia, sobre todo en lo que hace al respeto por la discrepancia de pareceres. Pero aún más preocupante creo que es el desprecio que se muestra por la representatividad ciudadana o la extremada confusión en que se cae continuamente entre los ámbitos orgánicos del partido y las instituciones democráticas. Sencillamente, no podemos justificar una partitocracia en la que los aparatos internos de los partidos hacen y deshacen en las instituciones como les viene en gana. Ya va siendo hora de que unos y otros se sienten a hablar y lleguen a un acuerdo sobre las líneas maestras de la estrategia socialista en el Ayuntamiento de Sevilla durante los próximos años. De lo contrario, mucho me temo que perdemos en 2011. O, aún peor, profundizamos en el sentimiento de apatía que embarga ya a muchos sevillanos y sevillanas, viendo como ven tan a las claras que hasta el portavoz de su grupo municipal o el mismísimo candidato a Alcalde no se elige al nivel que debiera, sino que se deja al albur de cargos internos de los partidos sobre los que, obviamente, el votante no tiene ni voz ni voto. La partitocracia llevada a su extremo. La desilusión de los ciudadanos con respecto a las instituciones, los partidos y los políticos, igualmente llevada a un extremo.

18 de julio de 2008

Demetrio Pérez retira su candidatura.

Hoy debería ser un día triste para los militantes del PSOE en la provincia de Sevilla. Demetrio Pérez ha anunciado que retira su candidatura a la Secretaría General apenas 24 horas antes de iniciarse el Congreso Provincial (ver la noticia publicada en Diario de Sevilla aquí). En principio, no faltará quien analice la noticia con el espíritu cínico que viene caracterizando a tantos de nuestros políticos y concluya que únicamente supone un mazazo para quienes decidieron apoyarle frente a José Antonio Viera (o, para expresarlo en otros términos no tan cínicos, para quienes osaron soñar con la posibilidad de una candidatura alternativa que pudiera ofrecer una opción democrática a los delegados al Congreso). Porque, a fin de cuentas, ése es precisamente el problema que tenemos planteado. De una u otra manera, debido a las triquiñuelas y amenazas ni siquiera veladas de unos y las obvias limitaciones de otros, el caso es que nos dirigimos hacia un congreso al estilo de los que realizaban los antiguos partidos comunistas de la Europa del Este. No sé lo que pensarán otros al respecto, pero para mí es una auténtica vergüenza. Se mire como se mire, la cruda realidad es que los delegados al Congreso no van a tener más remedio que votar a favor o en contra de una única candidatura, y todos sabemos las presiones que siempre existen para dificultar el voto negativo en unas circunstancias como éstas. Se nos suele explicar, y con razón, que votar a una candidatura alternativa es menos peligroso que votar en contra de una candidatura única, en el sentido de que muestra bien a las claras una división interna mucho mayor. Al fin y al cabo, el voto entre dos candidaturas enfrentadas es materia de opción personal, en tanto que atreverse a votar contra la candidatura única (sobre todo teniendo en cuenta la presión ambiental que suele vivirse en este tipo de circunstancias) deja bien a las claras una oposición tan radical a la Ejecutiva que uno se atreve incluso a poner en peligro los parabienes del bando ganador, con lo que ello implica (desgraciadamente) de inestabilidad laboral para todos aquellos que trabajan en la Adminitración. Pues bien, si tan peligroso es, ¿por qué no se hace todo lo posible porque los delegados tengan varias candidaturas entre las que elegir?

Y es que, desgraciadamente, todo esto no es sino un baile de despropósitos. En primer lugar, nadie parece haberse dado cuenta de que la democracia española ha madurado muchísimo en la última década. Vimos un cambio de gobierno de la derecha a la izquierda a principios de los ochenta, otro en sentido contrario a mediados de los noventa y, finalmente, una vuelta a la izquierda en circunstancias tan difíciles como las que siguieron al atentado terrorista en la estación de Atocha. Y, sin embargo, la democracia española ha salido fortalecida de todo esto. En especial, las nuevas generaciones no conocen otra cosa que un régimen democrático y se preguntan con creciente frecuencia hasta qué punto podemos tener una democracia sólida y sana si los partidos políticos son un nido de víboras donde no se impone quien mejor representa los intereses y las ideas de los ciudadanos que simpatizan con su particular opción política, sino quienes mejor saben desenvolverse en un contexto de luchas fratricidas, boicoteos permanentes y puñaladas por la espalda, todo ello sin que los militantes de base tengan realmente nada que ver en el asunto. Nuestros partidos políticos hoy en día no son sino el reino de la mediocridad y, en muchas ocasiones, una cueva de aprovechados incapaces de ganarse la vida por su cuenta (no me refiero, por supuesto, a la amplia mayoría de los militantes, sino a quienes realmente cortan el bacalao, sobre todo en los llamados cuadros medios, que es precisamente donde radica el problema y se perpetua la mediocridad de la que aquí hablo).

Pero es que, además, incluso quienes se atreven a proponer una candidatura alternativa en algunas ocasiones (en este caso, Demetrio Pérez) acaban aceptando la validez de los argumentos de quienes hacen todo lo posible por erradicar cualquier brote de democracia interna y renovación. ¿Cómo entender, si no, ese llamamiento de Demetrio a apoyar a la candidatura única en nombre de la "responsabilidad"? ¿De qué responsabilidad hablamos? ¿De la que nos conmina a garantizar la supervivencia a perpetuidad de una organización que, al menos en su estructura interna actual, no representa para nada los anhelos de los ciudadanos, sino más bien los intereses materiales de quienes han hecho de la política su modo de vida? Quizá debiéramos preguntarnos en ocasiones como ésta por qué quienes militamos en los partidos políticos nos quejamos tan a menudo de la falta de implicación política de la sociedad. ¿Qué hacemos nosotros para solucionar eso más allá de discursos vacíos y palabras fáciles? ¿Cómo demostramos a los ciudadanos que merece la pena dedicar sus esfuerzos a una organización política? ¿Asegurándonos de que pueden elegir delegados a un Congreso donde ni siquiera habrá dos candidaturas entre las que poder elegir? ¿De verdad pensamos que estos son los partidos políticos del siglo XXI?

De hecho, no tenemos más que mirar a la historia reciente de nuestro propio partido para responder todas estas preguntas que planteo aquí. Si no hubiera sido posible permitir a los militantes socialistas elegir libremente entre varios candidatos en el XXXV Congreso Federal, ¿alguien piensa que ahora tendríamos a Zapatero de Secretario General? ¿Y qué hubiera sido del partido entonces? ¿Acaso podemos asegurar que hubiéramos sido capaz de renovarnos lo suficiente como para volver a ganar las elecciones? Las respuestas a estas preguntas me parecen obvias, como obvio me parece también el hecho de que la democracia dificulta ciertamente las cosas y genera bastante descontrol e inseguridad, pero a fin de cuentas se trata del único sistema político que permite la regeneración sin revolución. Me parece que ha llegado el momento de tomarnos en serio nuestras propias palabras, algo en lo que hemos fallado hoy en el PSOE de Sevilla. Como decía al principio, este es un día bien triste.

29 de junio de 2008

Elección de cargos dirigentes mediante el sufragio directo de los militantes.

Continuemos con las propuestas constructivas para profundizar la democracia interna en el Partido Socialista. Cualquiera que conozca la realidad orgánica de nuestro partido sabe que la dirección provincial suele ver al Secretario General y al Secretario de Organización de las Agrupaciones Locales como los garantes del apoyo de sus bases llegado el momento de elegir una nueva Ejecutiva. En otras palabras, en lugar de trabajarse directamente el apoyo de los militantes de base, quienes aspiran a hacerse con el poder a nivel provincial solamente prestan atención a los secretarios generales y de organización de cada Agrupación Local. Como puede suponerse, esto no es accidental y tampoco puede decirse que sea poco razonable. Más bien al contrario, se trata de una consecuencia inevitable del modelo de democracia indirecta, de representación delegada y a menudo mediatizada, que marcan nuestros Estatutos. Si partimos de la triste realidad de unas Agrupaciones Locales donde el debate auténtico brilla por su ausencia y las asambleas no hacen casi sino rubicar prácticamente cualquier cosa que se les presente desde sus respectivos comités ejecutivos sin que se produzca discusión alguna sobre los temas a tratar, tiene bien poco de extraño que sucedan estas cosas. En definitiva, la tan cacareada democracia interna (que, sin lugar a duda se mantiene al menos en sus aspectos formales) acaba siendo viciada debido a las distorsiones introducidas por un sistema que favorece la estabilidad de los cuadros intermedios a costa de menguar las cuotas de poder que deberían corresponder legítimamente a los militantes de base. En este sentido, periódicamente se dejan oír comentarios a favor de la democratización del partido y la potenciación de la figura del militante desde los sectores que suelen autodenominarse como críticos, pero que raramente cumplen sus promesas cuando aciertan a reemplazar a los oficialistas en las ejecutivas territoriales. O, lo que es lo mismo, que la defensa de la democratización de las estructuras orgánicas no suele ser sino un mero recurso retórico para criticar a quienes se encuentran en la dirección, pero raramente tiene expresión en medidas concretas, detalladas y factibles que puedan llevarse a la práctica.

Pues bien, me propongo aquí esbozar una alternativa que nos permita salir de este eterno impasse. No se trata de defender programas utópicos e irrealizables, sino de aplicar aquello que ya se ha demostrado como perfectamente factible en otros lugares. Me refiero, en concreto, a la elección de los cargos dirigentes mediante el sufragio universal, directo y secreto de todos los militantes, algo tan factible que hasta ERC lo ha llevado recientemente a la práctica. Una medida como esta tendría automáticamente varias consecuencias que me parecen enormemente positivas: en primer lugar, marcaría distancias entre los socialistas y otros partidos políticos españoles, señalándonos una vez más como pioneros en lo que respecta a la aplicación de medidas democratizadoras y aperturistas; segundo, dejaría bien claro que los socialistas tenemos la sincera intención de abrirnos a la sociedad y operar con completa transparencia, apostando incluso por medidas que pudieran parecer arriesgadas desde la perspectiva de quien ostenta el poder orgánico en un momento determinado y está dispuesto a aceptar la decisión mayoritaria de los militantes; y, finalmente, obligaría a quienes se postulan como candidatos a dirigir el partido a presentar su proyecto ante todos los militantes y hacer campaña de forma activa por las agrupaciones locales, entrando en contacto con todos y cada uno de los afiliados, en lugar de limitarse a conspirar con quienes supuestamente dominan los votos de los delegados que pueden garantizar una elección segura. Por si todo esto fuera poco, el sistema que aquí propongo conllevaría también la desaparición de un peligro siempre presente en la realidad cotidiana de nuestros partidos políticos: el trapicheo de favores a cambio del voto en los congresos. Una vez eliminada la figura del cacique local que garantiza los votos necesarios para ganar la carrera hacia la ejecutiva, también se elimina de una misma tacada este otro problema.

¿Que mi propuesta supone romper con el pasado? Cierto. ¿Que la elección directa que aquí defiendo es una apueta arriesgada? Sin duda. Y, sin embargo, ¿acaso una política progresista y de cambio no consiste precisamente en eso? ¿Hasta tal punto hemos olvidado nuestros principios que no nos atrevemos a proponer nada que pueda parecer distinto e innovador? Me gustaría pensar que no es el caso.