Un breve comentario sobre algo que se oye y se lee bastante a menudo acerca de la lacra del desempleo juvenil. Casi pareciera que es imposible hablar del tema sin quejarse del hecho de que tantos milones de jóvenes españoles estén tan "excelentemente formados" que cuenten en su haber con tal o cual titulación universitaria, además de un título de postgrado en algunas ocasiones, y sin embargo no acierten a encontrar trabajo fijo más allá de desempeñarse como cajero de un supermercado o camarero de un bar. Yo, como es obvio, también constato el hecho, como constato igualmente el hecho de que la amplia mayoría de dichos jóvenes son licenciados en Magisterio, una de las filologías, Historia o algo similar, pero suelen escasear los ingenieros que no encuentran otra cosa que un trabajo de cajero en Mercadona. Lo digo porque da la impresión de que bien poca gente se plantea lo que a mí, por el contrario, me parece que es precisamente la raíz del problema, esto es, que la nuestra es una sociedad poco dada a las ciencias y las tecnologías y demasiado volcada quizá en las humanidades. O, lo que es lo mismo, que a lo mejor esos jóvenes no están tan "sobradamente preparados" como se afirma. Al fin y al cabo, en una sociedad de mercado (porque vivimos en una sociedad de mercado, en caso de que alguien se haya olvidado) la preparación que cuenta es la que puede venderse en el mercado de trabajo. Nadie debiera sorprenderse por estar "sobradamente preparado" en un campo para el que hay poca oferta de puestos de trabajo y después quejarse de que uno está en el paro. Y cuidado, porque lo dice alguien que estudió Ciencias Políticas en la Universidad y acabó trabajando de informático. Está muy bien eso de estudiar lo que a uno le gusta, pero no podemos quejarnos después de que no se nos ofrecen puestos de trabajo en dicho ámbito. Se trata de algo, además, que seguramente cambiaría bien poco en cualquier otro sistema económico, para ser honestos. Al fin y al cabo, la función de un puesto de trabajo es hacer algo de utilidad a la sociedad en su conjunto. Si, por lo que quiera que fuere, nos despertásemos mañana viviendo en una sociedad socialista (por poner un ejemplo), se me hace difícil concebir que pudiera ser de otra forma.
¿Cómo salir de este hoyo, entonces? Pues haría falta fomentar las disciplinas científicas y tecnológicas ya desde la escuela primaria, lo que requeriría entre otras cosas abandonar la pedagogía fundamentalmente libresca que tanto nos gusta por estos lares (algo seguramente asociado al apego por las humanidades a que me refería algo más arriba). Además, convendría que nuestros medios de comunicación (sobre todo los públicos) hicieran otro tanto. Y haría falta, en fin, que fuéramos capaces de construir una identidad propia alejada de los estereotipos sobre el "duende" y el "arte" congénito a nuestra gente. Si tanto nos repetimos una y otra vez que por aquí tenemos "un arte muy especial", que somos unos "genios de la improvisación", que todo hijo de vecina es "original" y "creativo" y además se nos presentan continuamente a los artistas, escritores y deportistas como modelos a imitar (y raramente, todo hay que decirlo, a un científico o un programador), tiene poco de extraño que la amplia mayoría de la gente sienta atracción por esos campos.
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13 de julio de 2011
11 de mayo de 2009
Entrevistas con José Antonio Griñán.
Tanto Diario de Sevilla como El País publicaron ayer sendas entrevistas con José Antonio Griñán, nuevo Presidente de la Junta de Andalucía, de las que me gustaría entresacar algunos puntos aquí. Por lo que hace a la primera, me parece que destaca su posicionamiento en cuanto a la cuestión del andalucismo:
Ya lo discutimos durante el XI Congreso Regional del PSOE-A este verano pasado. La inclusión de ciertas referencias a Blas Infante y el nacionalismo andaluz en la Ponencia Marco preparada para aquel Confreso levantó ampollas entra los militantes y acabó por ser retirada. Me pareció correcto entonces y me lo sigo pareciendo ahora. Sencillamente, el nacionalismo andaluz es casi inexistente y cuenta, afortunadamente, con bien poco apoyo social en esta tierra. El PA, por ejemplo, ha pagado el alto precio de equivocarse en su análisis respecto a este tema, lanzándose a una alocada carrera por ser más papista que el Papa que les condujo en última instancia a desaparecer del Parlamento autonómico así como de numerosos Ayuntamientos. Cuando se trata de este tema, los andaluces no se andan con chiquitas. Existe cierta conciencia de compartir una identidad, sí, pero a lo máximo que llega es a un regionalismo acentuado, no más. El andaluz se reconoce como miembro de una comunidad política que va más allá de sus fronteras o, como claramente afirma nuestro propio himno, "por sí, por España y la Humanidad". Que nadie venga a vendernos la moto y querer montar aquí una sucursal del PNV porque se equivoca de todas todas.
Aún más importante me parece el hecho de que Griñán sepa conectar esta actitud hacia el nacionalismo con la afirmación de la solidaridad, concepto esencial donde los haya para definir la ideología (y, esperemos, también la práctica) política socialista:
Se le puede acusar de arrimar el ascua a su sardina, por supuesto, pero ésa es precisamente su función como Presidente que es de todos los andaluces. No obstante, tiene más razón que un santo. No entiendo el nacionalismo reivindicativo y anti-imperialista que han querido promocionar ciertos sectores de nuestra ultraizquierda estos últimos años, a no ser que se trate de una mera copia del modelo batasuno que tanta admiración genera entre las filas del izquierdismo estéticamente revolucionario que se gastan algunos. Sencillamente, el nacionalismo ha sido siempre santo y seña de la burguesía liberal interesada en montar estructuras de poder que respondieran a sus propios intereses económicos. La izquierda nunca se sintió identificada con las fronteras, sino que siempre apostó desde un principio por el internacionalismo. El que algunos hayan perdido el norte como consecuencia de la confusión posmoderna y el multiculturalismo localista no es razón suficiente para que los socialistas echemos por la borda más de un siglo de historia y nos abandonemos a los brazos del nacionalismo.
Igual de acertado me parece Griñán, asimismo, en las afirmaciones que hace sobre la importancia de la educación para ayudarnos a salir de esta crisis y poner los cimientos de un nuevo modelo de crecimiento económico más sostenible y racional:
He de reconocer que me preocupan un tanto esos comentarios si está haciendo un llamamiento nostálgico a "la enseñanza de antes", que es lo que suele hacer la derecha. Cuando oímos una reivindicación de los valores del esfuerzo, el mérito y la excelencia en boca de Rajoy todos sabemos a qué se está refiriendo: a la enseñanza memorística de siempre, al prepararse para los exámenes finales como si se tratara de hacer oposiciones (algo, por cierto, en lo que casi todos los líderes de nuestra derecha han sobresalido, a diferencia de la derecha moderna de otros países, que cuando alaga a los emprendedores y defiende la libre empresa se lo cree porque sus propios dirigentes provienen precisamente de ahí) y, sobre todo, restablecer la "autoridad" en clase. Ni que decir tiene que, cuando hablan de la autoridad, están pensando realmente en que los chavales sigan a pies juntillas lo que establezca el profesor y sigan la clase sin rechistar. En definitiva, que se trata de un concepto de la educación más propio del siglo XIX que de la sociedad del conocimiento que ya tenemos aquí. En fin, confío en que Griñán vaya por otra onda completamente diferente. Después de todo, es posible reivindicar los valores que menciona desde una perspectiva bien alejada del tradicionalismo y el autoritarismo que, por desgracia, todavía vemos demasiado a menudo por estas tierras. Sea como fuere, los cambios que menciona en nuestra televisión autonómica hace ya tiempo que debieran haberse dado. Me avergüenza el hecho de que los socialistas gestionamos una televisión pública que en bien poco se diferencia de la telebasura de los canales privados. En este sentido, tenemos mucho que aprender del modelo de televisión pública aplicado en otros sitios.
En fin, cierro esta post con la reivindicación que hace Griñán de la socialdemocracia:
Esa frase ("ser socialdemócrata es más rojo que ser comunista, porque lo único que transforma a la sociedad es lo posible, no lo imposible") merece ser incluida en una de nuestra ponencias marco. Dicho sea todo esto sin obviar el hecho de que no me gustado del todo el procedimiento seguido para la elección de Griñán como nuevo Presidente de la Junta en sustitución de Manuel Chaves. Y es que, sin dejar de reconocer las dificultades de afrontar un proceso sucesorio en medio de la crisis económica que nos azota, me rebelo ante la idea de quienes conciben la militancia como mera tropa para repartir propaganda, rellenar las mesas electorales y acudir a los mítines en autobuses fletados por la organización. Ni los militantes del PSOE-A ni tampoco los propios votantes se merecen este tipo de artimañas. Ello no quita, por supuesto, para que critique también la hipocresía de una derecha que acusa a los socialistas de aplicar unos métodos que ellos mismos emplean constantemente. O, lo que es lo mismo, que las raíces del problema no están en tal o cual partido, tal o cual líder, sino que va mucho más lejos. Me temo que no cambiará hasta que reformemos el sistema electoral, pero ésa es otra historia bien diferente que no vamos a tratar aquí.
Creo que fue Carlos Castilla del Pino quien decía hace unos días que lo peor para entender Andalucía era considerarse andalucista, porque te encierras en una sola realidad. Yo, cuando defiendo a Andalucía, la defiendo en el conjunto de España y de Europa. Y digo siempre que España es el mejor proyecto para Andalucía como Europea es el mejor proyecto para España. Ésta es mi idea general: no creo en el aislamiento, no creo que Andalucía siempre tenga razón, no creo que siempre tenga que ganar por encima de todas las demás porque nos lo merecemos. Lo que siempre digo es que Andalucía nunca va a aceptar que la traten con injusticia, que no le den aquello que le corresponde.
Ya lo discutimos durante el XI Congreso Regional del PSOE-A este verano pasado. La inclusión de ciertas referencias a Blas Infante y el nacionalismo andaluz en la Ponencia Marco preparada para aquel Confreso levantó ampollas entra los militantes y acabó por ser retirada. Me pareció correcto entonces y me lo sigo pareciendo ahora. Sencillamente, el nacionalismo andaluz es casi inexistente y cuenta, afortunadamente, con bien poco apoyo social en esta tierra. El PA, por ejemplo, ha pagado el alto precio de equivocarse en su análisis respecto a este tema, lanzándose a una alocada carrera por ser más papista que el Papa que les condujo en última instancia a desaparecer del Parlamento autonómico así como de numerosos Ayuntamientos. Cuando se trata de este tema, los andaluces no se andan con chiquitas. Existe cierta conciencia de compartir una identidad, sí, pero a lo máximo que llega es a un regionalismo acentuado, no más. El andaluz se reconoce como miembro de una comunidad política que va más allá de sus fronteras o, como claramente afirma nuestro propio himno, "por sí, por España y la Humanidad". Que nadie venga a vendernos la moto y querer montar aquí una sucursal del PNV porque se equivoca de todas todas.
Aún más importante me parece el hecho de que Griñán sepa conectar esta actitud hacia el nacionalismo con la afirmación de la solidaridad, concepto esencial donde los haya para definir la ideología (y, esperemos, también la práctica) política socialista:
...me empeño en defender a Andalucía de la manera más inteligente. Pero le añado algo más: cuando defiendo a Andalucía en el conjunto de España es porque sé que Andalucía necesita a España. Los que tienen tendencias nacionalistas, y por tanto separadoras, son las regiones europeas que han sido más ricas, porque dentro del nacionalismo siempre hay egoísmo. Andalucía no está todavía en la media de España, luego necesita al conjunto, necesita la solidaridad; por tanto, lo contrario, sería una estupidez. Si no hay cosa más tonta que ser un obrero de derechas, ser nacionalista en una región que todavía no está en la media no es tampoco muy inteligente.
Se le puede acusar de arrimar el ascua a su sardina, por supuesto, pero ésa es precisamente su función como Presidente que es de todos los andaluces. No obstante, tiene más razón que un santo. No entiendo el nacionalismo reivindicativo y anti-imperialista que han querido promocionar ciertos sectores de nuestra ultraizquierda estos últimos años, a no ser que se trate de una mera copia del modelo batasuno que tanta admiración genera entre las filas del izquierdismo estéticamente revolucionario que se gastan algunos. Sencillamente, el nacionalismo ha sido siempre santo y seña de la burguesía liberal interesada en montar estructuras de poder que respondieran a sus propios intereses económicos. La izquierda nunca se sintió identificada con las fronteras, sino que siempre apostó desde un principio por el internacionalismo. El que algunos hayan perdido el norte como consecuencia de la confusión posmoderna y el multiculturalismo localista no es razón suficiente para que los socialistas echemos por la borda más de un siglo de historia y nos abandonemos a los brazos del nacionalismo.
Igual de acertado me parece Griñán, asimismo, en las afirmaciones que hace sobre la importancia de la educación para ayudarnos a salir de esta crisis y poner los cimientos de un nuevo modelo de crecimiento económico más sostenible y racional:
Hay una urgencia, que es salir de la crisis, y en las mejores condiciones. Y luego, dos prioridades. Una, la descentralización política y administrativa, y la segunda, la educación. Los ayuntamientos pueden asumir mejor financiación y más competencias. En la educación, nuestro objetivo es que los valores dominantes sean el mérito, la capacidad, la excelencia, el estudio, el trabajo, la disposición y la disponibilidad. (...) No consiste sólo en meter más o menos dinero. Hace falta una alianza estratégica entre padres, profesores, alumnos y administración. Una alianza que sirva para que cualquier chaval sepa que lo que se valora de él es lo que aprende. Me aterra que en los colegios se vea mal a los chavales que estudian, que haya una especie de acoso colectivo a los que mejores notas sacan. (...) La formación ha cambiado radicalmente. Pero lo que me da miedo es que nos estemos preocupando mucho por el final, y no entremos en el principio. Nuestra televisión, por ejemplo, tiene que difundir eso también: no se es mejor por salir en televisión haciendo una gracia sino que se es mejor porque has estudiado mucho.
He de reconocer que me preocupan un tanto esos comentarios si está haciendo un llamamiento nostálgico a "la enseñanza de antes", que es lo que suele hacer la derecha. Cuando oímos una reivindicación de los valores del esfuerzo, el mérito y la excelencia en boca de Rajoy todos sabemos a qué se está refiriendo: a la enseñanza memorística de siempre, al prepararse para los exámenes finales como si se tratara de hacer oposiciones (algo, por cierto, en lo que casi todos los líderes de nuestra derecha han sobresalido, a diferencia de la derecha moderna de otros países, que cuando alaga a los emprendedores y defiende la libre empresa se lo cree porque sus propios dirigentes provienen precisamente de ahí) y, sobre todo, restablecer la "autoridad" en clase. Ni que decir tiene que, cuando hablan de la autoridad, están pensando realmente en que los chavales sigan a pies juntillas lo que establezca el profesor y sigan la clase sin rechistar. En definitiva, que se trata de un concepto de la educación más propio del siglo XIX que de la sociedad del conocimiento que ya tenemos aquí. En fin, confío en que Griñán vaya por otra onda completamente diferente. Después de todo, es posible reivindicar los valores que menciona desde una perspectiva bien alejada del tradicionalismo y el autoritarismo que, por desgracia, todavía vemos demasiado a menudo por estas tierras. Sea como fuere, los cambios que menciona en nuestra televisión autonómica hace ya tiempo que debieran haberse dado. Me avergüenza el hecho de que los socialistas gestionamos una televisión pública que en bien poco se diferencia de la telebasura de los canales privados. En este sentido, tenemos mucho que aprender del modelo de televisión pública aplicado en otros sitios.
En fin, cierro esta post con la reivindicación que hace Griñán de la socialdemocracia:
Ser socialdemócrata es más rojo que ser comunista. Porque lo único que transforma a la sociedad es lo posible, no lo imposible. Las lágrimas que se derramaron por las utopías que no se realizaron son muchas menos que las que se han derramado por las utopías realizadas. Si algo sabemos ya es que no podemos obligar a las personas ni a ser felices ni a ser buenas. Si no hay libertad, no hay progresismo y una política que se olvida de la libertad no es de izquierda. Por lo tanto, creo que lo rojo está en la socialdemocracia. Lo otro es palabrería.
Esa frase ("ser socialdemócrata es más rojo que ser comunista, porque lo único que transforma a la sociedad es lo posible, no lo imposible") merece ser incluida en una de nuestra ponencias marco. Dicho sea todo esto sin obviar el hecho de que no me gustado del todo el procedimiento seguido para la elección de Griñán como nuevo Presidente de la Junta en sustitución de Manuel Chaves. Y es que, sin dejar de reconocer las dificultades de afrontar un proceso sucesorio en medio de la crisis económica que nos azota, me rebelo ante la idea de quienes conciben la militancia como mera tropa para repartir propaganda, rellenar las mesas electorales y acudir a los mítines en autobuses fletados por la organización. Ni los militantes del PSOE-A ni tampoco los propios votantes se merecen este tipo de artimañas. Ello no quita, por supuesto, para que critique también la hipocresía de una derecha que acusa a los socialistas de aplicar unos métodos que ellos mismos emplean constantemente. O, lo que es lo mismo, que las raíces del problema no están en tal o cual partido, tal o cual líder, sino que va mucho más lejos. Me temo que no cambiará hasta que reformemos el sistema electoral, pero ésa es otra historia bien diferente que no vamos a tratar aquí.
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