Anoche estuve trabajando en la Casa del Pueblo y, en uno de los descansos, se me ocurrió salir a la puerta a estirar un poco las piernas. Nada más acercarme a la calle, me di cuenta de que alguien había colocado un par de pegatinas en nuestra puerta que, sin duda, no estaban ahí cuando llegué apenas dos horas antes. Se trataba de propaganda a favor de la campaña "Con mi dinero no", de la denominada Plataforma Clases Medias, de la cual no había oído hablar antes. Ya imaginaba uno de qué pie pudieran cojear, por supuesto, pero por si acaso visité su web y me encontré con lo que fácilmente podía preverse: parece tratarse de una asociación abiertamente conservadora, militantemente contraria al Presidente Zapatero hasta el punto de caer en la mofa y el insulto fácil, y propensa a publicar enlaces a historias de medios como Intereconomía y Libertad Digital. El incidente, no obstante, me llevó a hacer unas cuantas reflexiones que me parece conveniente compartir en estas páginas.
En primer lugar, llama la atención la capacidad que está demostrando la derecha española para adaptarse a las nuevas tecnologías. No se trata ya meramente del hecho de que no hay contrapartida alguna por parte de la izquierda para hacer contrapeso a un medio como Libertad Digital, sino que los militantes ultraconservadores y neoliberales hacen acto de presencia casi constante en las webs de todos los diarios de tirada nacional, incluyendo aquellos que son más favorables al PSOE. No hay más que leerse los comentarios añadidos por los lectores a muchas de las noticias para darse cuenta de esto. Frente a esto, ¿qué podemos mostrar desde la izquierda? Cierto, existen la Blogosfera Progresista y la Red de Blogs Socialistas, pero ni tienen la implantación de los medios de la derecha, ni tampoco aciertan a mostrar una imagen que no esté directamente vinculada a la dirección del Partido Socialista. Sí, ya sé, no me engaño. Por supuesto que Libertad Digital tiene todo el apoyo de la derecha económica, social y política, pero al menos no muestran descaradamente banners del PP como patrocinador de su web.
Segundo, por si lo anterior fuera poco en cuanto a la progresiva americanización de la derecha española (hace ya tiempo que está adoptando los mismos métodos que los republicanos estadounidenses), no cabe duda de que el PP está logrando renovar las formas y los discursos para acercarse a la gente joven y las nuevas clases medias, a quienes parece estar llevándose al bote sin mayor problema. Mientras la derecha radicaliza su discurso contra los impuestos, a favor de la escuela concertada, la iniciativa empresarial y la asignación de recursos al sector privado, nosotros nos quedamos sin aliento y no acertamos a dar respuesta. Sólo somos capaces de repetir el viejo mantra que contrapone el "pueblo llano" a "la derecha de siempre", la "gente de la calle" a "los privilegiados", como si buena parte de nuestros propios cuadros no pertenezcan precisamente a la élite en casi todas las acepciones del término (unos porque hayan nacido entre las clases pudientes, mientras que otros, aunque sean de extracción más humilde, como es mi propio caso, han ascendido peldaños hasta el punto que no podemos considerarlos "humildes" sino haciendo un buen derroche de imaginación). En fin, que hemos dejado que sea la derecha la que se apropie del espacio electoral ocupado por las nuevas clases medias, por lo que no tiene nada de extraño que tengamos problemas para recuperar plazas como Madrid o Valencia y sigamos perdiendo fuerza en casi todas las capitales de provincia andaluzas. Sencillamente, nos da miedo. Pensamos que, al hacer un esfuerzo por dirigirnos a los profesionales urbanos y plantear soluciones a sus problemas, traicionamos de alguna forma a nuestro electorado tradicional, el electorado más humilde y de extracción social claramente obrera. Me parece un tremendo error. La socialdemocracia sólo ha funcionado cuando ha sido capaz de convencer a trabajadores y clases medias para que compartan un mismo proyecto.
Finalmente, me llamó la atención también el discurso radical contra el sistema fiscal que se está extendiendo entre nuestra derecha. Después de haber vivido tanto tiempo en los EEUU no me sorprende del todo, la verdad sea dicha, pero sí que me parece curioso el hecho de que por aquí estén copiando hasta esa parte de la estrategia republicana. Supongo que algo tendrá que ver con la temporada que Aznar pasó allí dando conferencias en la Universidad de Georgetown. El caso es que están copiando el discurso literalmente, sin que les falte siquiera una coma, algo que uno pensaba que no funcionaría del todo en una sociedad donde el concepto de solidaridad ha estado siempre más presente, la memoria de las penurias de postguerra es todavía reciente y que, al fin y al cabo, se sitúa dentro de un contexto como el europeo donde se da una fuerte tradición de políticas sociales y el Estado del Bienestar está sólidamente implantado. Sin embargo, la realidad es que la rebelión anti-fiscal se está extendiendo como la pólvora también entre nosotros. El discurso es siempre el mismo, eso sí. E igual de simplista también. Se subraya que el dinero es de quien lo gana, no del Estado, al tiempo que se ignora por completo un hecho tan fundamental como que el ser humano no puede concebirse sin la sociedad en que se desenvuelve. En otras palabras, la riqueza no pertenece solamente al individuo, sino que es imposible entenderla sin el contexto social en que se produce. Después de todo, cuesta trabajo imaginarse a un Bill Gates surgiendo en el contexto socioeconómico y político de Haiti, por poner tan sólo un ejemplo. Esto debiera ser obvio a cualquiera que se plantee el tema con un mínimo de objetividad. Claro que, precisamente por eso, me preocupa la situación. Todo parece indicar que la derecha (sí, también en Europa) está logrando imponer hasta tal punto su discurso ideológico que hasta lo más obvio hay que explicarlo. Pintan bastos.
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12 de enero de 2010
30 de enero de 2009
Políticas económicas socialdemócratas.
Tanto se ha venido escribiendo en los últimos tiempos sobre la necesidad de regular la actividad económica y desarrollar una política económica socialdemócrata que venga a poner fin a los excesos de la época neoliberal que, mucho me temo, corremos el riesgo de que el péndulo avance demasiado en la dirección opuesta. O, para ponerlo en otros términos, me da la impresión de que mucha gente habla de políticas socialdemócratas cuando en realidad quieren decir estatismo. Son sobre todo los sectores próximos a Izquierda Unida y algunos sindicatos los que están tratando de aprovecharse de las duras circunstancias económicas por las que atravesamos para darle la vuelta a las manecillas del reloj y devolvernos a unos tiempos en los que el dinero caía del cielo y la igualdad imperaba en nuestras sociedades, o al menos así aparecen en su febril imaginación. Yo, por el contrario, pienso que debemos andarnos con cuidado en estos momentos. Una crisis es, sin lugar a dudas, la oportunidad de llevar a cabo los cambios que en tiempos mejores suelen aplazarse y sentar las bases para las próximas décadas, pero precisamente por ello es algo que debemos afrontar también con cierta responsabilidad, sin dejarnos llevar por demagógicos cantos de sirena y, sobre todo, siendo perfectamente conscientes de que la máxima según la cual "todo tiempo pasado siempre fue mejor" no suele ser sino un camelo.
Veamos, ¿en qué consiste una política económica socialdemócrata? Según me parece, tiene los siguientes rasgos distintivos:
¿Pero a qué vienen todas estas reflexiones? Pues precisamente al hecho de que, como indicaba al principio del todo, veo un cierto peligro a simplificar las políticas socialdemócratas en el actual estado de cosas. Corremos el peligro de pasar de un liberalismo salvaje donde la sacrosanta mano invisible lo es todo a otro dogmatismo no menos peligroso donde es el intervencionismo estatal el que nos va a sacar las castañas del fuego. Hay que tener mucho cuidado porque, como digo, ni una posición ni la otra me parece correcta. Lo que hay que perseguir, más bien, es una política que acierte a combinar las dosis necesarias de regulación e iniciativa estatal con el dinamismo, la innovación y la flexibilidad que sólo el sector privado puede aportar. En eso consiste una política sensata a principios de este siglo XXI que nos ha tocado vivir.
Veamos, ¿en qué consiste una política económica socialdemócrata? Según me parece, tiene los siguientes rasgos distintivos:
- Reconocimiento de los límites del mercado como mecanismo para alcanzar nuestros objetivos como comunidad política. Digámoslo alto y claro, y digámoslo ya: el sistema de libre mercado ha probado ser, por el momento, el menos malo de los sistemas económicos. No podemos descartar la posibilidad de que en el futuro pueda aparecer una mejor manera de organizar nuestros recursos, pero de momento tenemos lo que tenemos. Cualquier intento de construir una alternativa al libre mercado durante el siglo XX ha acabado en fracaso estrepitoso en todos los frentes, no sólo en el económico, sino también en el político (con la construcción de algunos de los regímenes totalitarios más opresivos y criminales que haya visto la Humanidad). Conviene no olvidar las lecciones de la Historia, por más que nuestros comunistas se empeñen en hacer borrón y cuenta nueva echando mano ahora del experimento chavista en Venezuela, como si todos tuviéramos a mano las reservas de petróleo de que disfrutan allí y como si no se viera venir ya dónde puede acabar todo dentro de unos años si Chávez llega alguna vez a perder unas elecciones democráticas. Sin embargo, y pese a todo ello, no queda más remedio que reconocer que el libre mercado es un mecanismo autónomo que no entiende de valores humanos. Se fundamenta en un sistema de retroalimentación que ofrece los beneficios de su enorme adaptabilidad y eficiencia, pero que no acierta a ver más allá del mero provecho económico. Dudo mucho, sin embargo, que haya muchos partidarios entre nosotros de someter la vida humana a criterios de eficiencia económica sin más ni más. Estoy convencido de que ni siquiera los partidarios del liberalismo económico estarían dispuestos a afirmar eso de forma tan tajante. Las comunidades políticas se basan en una serie de supuestos y valores compartidos de una naturaleza bien distinta. Conceptos como el de tolerancia, igualdad o justicia le son completamente indiferentes al sistema de mercado. Sencillamente, no computan. No son cuantificables. Se trata de conceptos filosóficos, artificialmente creados por el ser humano, valores nuestros que no tienen existencia siquiera en la naturaleza física que nos rodea. Pese a todo, no sería posible construir una comunidad política decente sin afirmarlos, defenderlos y potenciarlos. Ahí es donde entra en juego el concepto de regulación: el Estado, como representante de la comunidad en su conjunto establece unas reglas básicas del juego que regularán la actividad económica y social de todos los agentes sociales, y estas reglas son precisamente la expresión de esos valores fundamentales que consideramos vitales como comunidad.
- El Estado es el encargado de marcar los objetivos últimos del sistema económico, como componente que es de un ente mayor que le precede, la comunidad política. Es decir que, lejos de permitir que los agentes económicos actúen siempre según su libre albedrío, el Estado interviene para establecer los objetivos últimos de la actividad económica, al igual que sucede en otros ámbitos. Y, cuidado, porque esto no quiere decir que el Estado haya de inmiscuirse en la actividad cotidiana de los agentes económicos, planificando su comportamiento del día a día. Simplemente, se limita a establecer un objetivo final, a liderar en el sentido no de ordenar, sino en el de proveer de una visión a largo plazo. De lo contrario, se cae bien en el economicismo puro y duro del neoliberalismo, construyendo un Golem autónomo que no entiende de preocupaciones ni valores humanos (es decir, lo que hemos tenido en los últimos veinte o treinta años), o bien en la planificación totalitaria que no deja resquicio a la libertad individual (en otras palabras, el comunismo). La política socialdemócrata no cree en un extremo ni en el otro, sino que apuesta por un sabio término medio, por la mesura y el sentido común de los valores humanos frente al economicismo y la libertad individual frente al comunismo.
- Desarrollo de políticas de igualdad y políticas sociales. En línea con lo escrito anteriormente, los socialdemócratas creemos en la necesidad de fomentar ciertos valores que nos parecen fundamentales para la existencia de una sociedad saludable. Pues bien, la igualdad de oportunidades es uno de esos valores fundamentales, objetivo esencial de nuestras políticas. Para desarrollarlo, llevamos a cabo políticas sociales de extensión de derechos y servicios que pueden tomar (de hecho, han de tomar) formas diferentes según las circunstancias, según la historia de cada comunidad política y, sobre todo, según los tiempos. En ese sentido, lo que importa es el objetivo final (la igualdad de oportunidades) y no el mecanismo concreto por el que optemos para llevarlas a cabo. Esto último es algo meramente circunstancial, algo que se adaptará siempre al contexto en que nos toque vivir.
¿Pero a qué vienen todas estas reflexiones? Pues precisamente al hecho de que, como indicaba al principio del todo, veo un cierto peligro a simplificar las políticas socialdemócratas en el actual estado de cosas. Corremos el peligro de pasar de un liberalismo salvaje donde la sacrosanta mano invisible lo es todo a otro dogmatismo no menos peligroso donde es el intervencionismo estatal el que nos va a sacar las castañas del fuego. Hay que tener mucho cuidado porque, como digo, ni una posición ni la otra me parece correcta. Lo que hay que perseguir, más bien, es una política que acierte a combinar las dosis necesarias de regulación e iniciativa estatal con el dinamismo, la innovación y la flexibilidad que sólo el sector privado puede aportar. En eso consiste una política sensata a principios de este siglo XXI que nos ha tocado vivir.
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